Habiéndonos mantenido tan cerca la historia, es curioso que Uruguay y España estén tan lejos. Sus ojos miran con disparidad, sus muecas revelan recelo, y sin embargo la historia siempre nos ofrece escenarios para reencontrarnos, como dos hermanos que disputan y al final, tras enojarse, se abrazan. Esta semana el abrazo nos le ha dado “El loco” José María Sanz, “Loquillo”, que anda por estos andurriales presentando treinta años de su memoria.Quizá en España no se sepa, pero “el loco”, como aquí más se le conoce, es toda una pasión para los uruguayos, un símbolo de muchas libertades cuya conquista ha sido ardua. Corría 1973, cuando, al tiempo que España se preparaba para recibir las libertades, ante la crisis final del franquismo, Uruguay perdía las suyas, bajo la perfidia de la llamada dictadura cívico militar de Juan María Bordaberry, curiosidades del destino, padre de uno de los candidatos a las elecciones del día 29. Mientras el Uruguay caía en las sombras de una larga noche marcada por la represión, los desaparecidos y la violencia, España caminaba hacia la democracia. Por aquellos años un grupo de jóvenes luchaba a su manera contra el legado franquista, impulsando la libertad a golpe de rock. Así nacía en Barcelona Loquillo. Sus sonidos cruzaron el Atlántico y en aquellos años oscuros, se escuchaban en la clandestinidad entre la juventud uruguaya, como un símbolo de jóvenes que habían logrado ser libres y expresar sin trabas sus sentimientos y sus ideas. Caído el régimen de terror, pocas bandas, intelectuales y cantantes europeos y españoles visitaron, entonces y ahora, este trocito de America. Hay que comprenderlo, Uruguay es un país pequeño, poco poblado y, por tanto, un mercado poco rentable para giras, bolos y actos culturales internacionales. Pero “El loco” vino, y varias veces. De ahí que él represente como nadie el compromiso con la cultura, con la contracultura y con la expresión sin límites para los jóvenes de acá.
El, sin embargo, siendo como es poco dado a alardes y medallas, quita mérito a su protagonismo en estas tierras, recordando siempre la letra de aquella mítica canción que fue “Hombres”, “Unos llegaron muy pronto, otro vinieron muy tarde. Sólo nosotros llegamos junto en el momento en que no había nadie”.
Su vuelta a Montevideo ha tenido también otros significados, otros gestos. Ha buscado en su regreso para presentar su recopilatorio “Loquillo Rock & Roll Star. 30 años 1980 – 2010”, no el apoyo de un gran sello internacional, sino el amparo de una discográfica local, Bizarro Records, como una forma de reconocer el trabajo que aquí se hace, y la labor de promoción de jóvenes talentos por parte de las empresa discográficas uruguayas. Toda una lección de humildad e independencia, pues define a un músico que no se atiene a la reglas del mercado, sino a sus convicciones. Y regresa de la mano de su mayores éxitos editados en un box con tres discos y dos dvd, donde desgrana sus años mozos con hitos del rock latino como El Rompeolas, Cadillac Solitario o El Ritmo del Garaje, más una versión del tema de Buitres Mincho Bar.
Quizá parte del éxito del loco en estas tierras ha emanado del reconocimiento por parte del país a la admiración que este artista siente por los mercados musicales latino americanos. No hace mucho Loquillo confesaba su desencanto por una España que tradicionalmente ha dado la espalda a los grupos de rocanroll. Primero sus Trogloditas encontraron el enconado desprecio de las emisoras catalanas de radio, por expresarse en castellano. Luego el del resto de las españolas por no ser pop. Aquí no. Países como Uruguay contemplan el rock como una cultura respetable. España ha manifestado así su escasa resistencia hacia una colonización cultural arrasadora que ha mudado la música de compromiso, en un retal de cantantes melódicos, poperos y disco, una música amaestrada, dócil y carente de peligro, mientras se ha relegado en estos años al rock a la categoría de “underground”. Lógico, el rock ha sido uno de los estilos, desde la caída de la dictadura, más críticos con la sociedad y el sistema, más incómodos, como cuenta el artista, para el establishment.Quizá sea por ello que se ve en sus ojos estos días, una cierta añoranza por aquellos tiempos lejanos de lucha, de utopia y de rebeldía. Tiempos en aquella Barcelona enterrada en las brumas de la transición que “era una ciudad abierta, cosmopolita, cercana a Europa, donde los artistas, los directores de cine, y los movimientos alternativos y más transgresores, como los de gays y lesbianas, tenían un lugar que aún no existía en otras partes del país. Todo eso se acabó, aunque se reprodujo un poco en Madrid ya entrados los ochenta”. Y se para en la conversación, mirando al infinito para retomar, al cabo de unos segundos, su discurso. “cometimos errores, la droga y los excesos nos salpicaron a todos, pero había en aquella cultura un ideal sincero. Pero ya es sabido que por lo general la historia la cuentan los vencedores, y entonces cambian lo que quieren”.
Ese sentimiento no solo se ve en sus palabras, ni en sus canciones, porque el loco es un artista completo, también en sus libros. Tras “El chico de la bomba”, Sanz publicará en octubre un ensayo, el tercero poético de su carrera, sobre la poesía de Luis Alberto de Cuenca, en colaboración con su amigo Gabriel Sopeña, y antes, en marzo, su segunda novela, vinculada a ese sentimiento de marginación del que se lamenta de forma distante, y vinculada a esas calles de Barcelona que tanto añora. Una novela que trata sobre la necesidad de irse, de huir en una búsqueda continua, “lo cuento y lo narro, porque tengo la sensación de que debo ir a algún sitio, pero no sé hacia dónde. Es una sensación extraña, pero inevitable”.
Quizá ese carácter errante, inestable y comedidamente desarraigado es lo que explica su modo de trabajo. Sanz no es un esclavo de las musas, sino un admirador de la disciplina y el trabajo. No cree en el don pasivo del artista, en la espera infantil de la idea, sino en la disciplina personal y diaria, en el talento para observar y estar pendiente de tu entorno y de tu gente. De ahí que su obra se nutra de lo que tiene que ver con él, de personajes reales que se cruzan en una acera con su negra figura. De ahí que no encontremos en su mítica chaqueta bolígrafos, grabadoras o cuadernos, “Tengo todo en la cabeza, y cuado está listo lo escribo”.
Ríe poco, mira mucho, escucha siempre, y protege sin dudarlo su independencia. En su trabajo es conservador en los métodos, y fiel al trabajo artesano, al humano, al que no depende del capricho de maquinas, ni de esclavitudes tecnológicas, aunque admira las herramientas que han roto las ataduras que sojuzgaban a los artistas a las compañías. Hoy las redes sociales han liberado a los artistas del sometimiento a las emisoras, han lacerado a los intermediarios, permitiendo que los artistas creen en libertad y se comuniquen con su público, en primera persona. Pero la red también resulta ahora un campo de lucha para los creadores, que libran la batalla por sus derechos como autores, contra una cultura colectiva de la gratuidad en internet. Y ahí el loco es claro, cuando recuerda que él, como todo el conjunto de la clase trabajadora, lucho durante mucho tiempo para conseguir el reconocimiento de sus derechos fundamentales, mientras que ahora, incluso una parte de esa clase, con la conciencia dormida, niega que los creadores tengan derechos sobre su propia obra. “Yo soy un trabajador, pago mis impuestos y mi seguridad social, y con ese dinero se construyen escuelas, hospitales, etc. Si yo no cobro dinero por mi trabajo, no podré pagar al Estado, y ese dinero no servirá para esas obras que te digo”, explica de forma vehemente mientras, volviendo a aquellos lejanos tiempos de la movida, concluye “”Si alguien piensa que dentro de algunos años la red seguirá siendo un lugar donde se descargará todo gratis, se equivoca, porque eso se acaba. Es como las drogas: primero te las dan gratis, y luego las tienes que pagar. En breve todo el mundo va a empezar a pagar por las descargas ¿qué han conseguido de momento? Enganchar a todo el mundo. ¿O ninguno de esos que reclaman la libertad en la red y la impunidad en las descargas se ha dado cuenta que las compañías telefónicas que sostienen esa red y esa descargas mantiene en España el ADSL más caro de Europa?. ¿Tiene sentido eso, o es más bien sospechoso?, pero nadie protesta por eso”. Y es ahí, en la pelea por los derechos y las libertades donde el Loco se apasiona, se revuelve, pierde esa hierática elegancia que le define. Solo ahí, que para lo demás, el hombre que camina de luto, lo hace de puntillas, entre punteos de guitarra y golpes de baqueta.
Mi agradecimiento al equipo del portal montevideo.com



























