
Esta semana me toco hacer bolos. Una de esas actividades que organizan escuelas y universidades, en las que se pretende colocar a los alumnos en la piel de quien, antes que ellos, ha vivido la experiencia de los estudios y el trabajo. Me lo pidió Reynaldo Schclerin, uno de los profesores más carismáticos de la Universidad Católica. Uno de esos tipos trasnochados en los que la ilusión no ceja, y que suele dejar marca de agua en sus alumnos, y no a través de sesudos conocimientos, en este caso de derecho procesal, sino por su interés en extender doctrina sobre lo que el llama un ciudadano limpio. No busca en sus alumnos la excelencia académica, aunque la consigue, sino rescatar en cada uno de ellos ese tesoro escondido que todos los alumnos tienen, sepultado entre exámenes, obediencias debidas y rutinas. Inteligencia, creatividad, iniciativa, compromiso, inconformismo, anti dogmatismo, ilusión y entrega. Y todo bien envuelto en un saco de doble forro de rebeldía intelectual realmente lacerante. Con un tipo así, quien se puede negar a colaborar.
Todo fue bien hasta que tras contar mi experiencia profesional y académica (en otra universidad católica, mi querido ceu), nos fuimos enredando en una discusión que nada tenia que ver con la sesión programada. Pero Reynaldo es así, le encanta provocar situaciones inconvenientes, en las que sus alumnos se salgan del camino, y se metan en situaciones que les provoquen. “Perdona, pero no se de donde te has sacado que estamos en una crisis económica, lo que vivimos es una crisis politica, estamos ante el final del estado, al menos tal como Locke le concibió y Monet le construyó”. A buena hora dije eso.
Y, que conste, que no es una genialidad mía, que nos las tengo. Charles Wyplosz, de Graduate Institute, entre otras muchas mentes relevantes, defendía recientemente una interpretación similar sobre lo que vivimos.
Las crisis económicas se sostienen en fallos que ponen en cuestión los modelos productivos y su capacidad para mantener un ciclo continuo de empleo y renta. Pero hoy no estamos en esa tesitura, al menos completamente. El paro, la caída de la producción y el colapso de la demanda son elementos que hemos visto otras veces, y que en el seno de los modelos capitalistas es desgraciadamente una rutina. Pero hoy asistimos a algo más. Las palabras del comisario europeo de economía, el español Joaquín Almunia (como se le sigue notando la frustración de no haber sido el líder del PSOE y de que Zp le comiera el terreno), avisando sobre la debilidad de nuestro gobierno y su vulnerabilidad ante ataques especulativos masivos de fondos de riesgo u otros intereses privados, no es más que una connotación más de que nos enfrentamos a un reto más ingente y sobrecogedor que el que la economía podia presentarnos. Redefinir la manera en que nos gobernamos y compartimos en común nuestra riqueza, nuestra solidaridad y nuestra capacidad creativaEstados enteros, como Dubai, Estonia o Grecia se han convertido en blanco fácil de entidades financieras capaces de, como en las batallas de hackers contra los ciberestados, poner en cuestión su misma existencia, para la que ha sido preciso una ayuda generalizada de otras entidades públicas. Pero esa actuación combinada para rescatar las finanzas públicas de determinados países, para paliar las deficiencias o carencias en materia de servicios de otros (véase media America) o para evitar el colapso de estados reducidos al nombre (Somalia, Georgia, Yemen, Haití, Islandia, Sri lanka) se ha basado hasta ahora en el liderazgo y la voluntad de organizaciones internacionales y gobiernos cuyo capacidad política y financiera dan hoy muestras de un agotamiento nunca antes conocido y, lo que es peor, sujetos a una crisis moral y de identidad agónica.Michel Kimmelman reflexionaba esta semana en el New York Times sobre la financiación pública de la cultura. Proteger y subvencionar compañías, museos y entidades culturales sin ánimo de lucro, ha permitido sacar del mercado y sus vaivenes a toda ese entramado dedicado a proteger nuestra esencia humana. Pero ha llenado nuestras ciudades de propuestas mediocres subvencionadas y ha colocado a todos los artistas, los buenos y los vividores, dependientes de la arbitrariedad y el interés mercadotécnico de los políticos a la hora de repartir el mana del dinero fácil. Algo parecido ha pasado en otros campos, en los que hemos creído que poseíamos un derecho innato a disfrutar de todo, y “gratis”. Hoy, toda esa estructura que nos ha proporcionado a nosotros, y a países lejanos, bajo el paraguas de la ayuda humanitaria, pan y circo gratuito y abundante se viene abajo. Nuestros sistemas estatales están podridos por gentes que buscaron en el funcionariado o en los cargos de confianza, medrar y progresar gracias a los impuestos de los demás. En parte por ello, y por ese insensato afán de los gobiernos de crear organismos asesores, comisiones y agencias de observación, nos encontramos ante estructuras estatales extremadamente complejas, imposibles de controlar, corrompidas y endeudadas, hasta el punto de que los jueces no dan a basto para depurar a tanto ladrón (y Argentina y España no son un mal ejemplo), no son capaces de imponer su autoridad (Italia o Méjico), se enfrentan a consecuencias irreversibles de la actuación de desalmados sobre la vida común por mor del urbanismo desmedido o las practicas empresariales sin ética (Uruguay o España) o reconocen su incapacidad para mantener los servicios públicos (pensiones o educación) ante un endeudamiento que ha llevado a situaciones tales como que Inglaterra se plantea compartir sus fuerzas armadas y aparato defensivo con otros países (Francia), o privatizarlo en parte, dado que su sostenimiento es imposible, con la perdida de soberanía y control que ello implica.
Y es que lo público, como garante de la igualdad y los derechos comunes, aquello que en su día nos saco del estado de naturaleza, se encuentra, más allá de una crisis cíclica o coyuntural, en entredicho.
Falto de liderazgo, comido por estructuras hipertróficas y con una situación financiera insostenible, no ahora, sino para siempre. Hemos creado sin valorar el futuro, sin medir las consecuencias de acciones. España es un claro ejemplo de país donde la estructura administrativa del estado se multiplicó inconscientemente por 17, para crear un estado autonómico romántico pero insostenible. Del mismo modo que nadie reparó en crear mecanismos de control que evitaran la anarquía municipal y la corrupción subsiguiente, y que no solo ha dilapidado recursos comunes literalmente robados, sino que ha hecho un daño irreversible al medio ambiente, ha dejado sin casa ni ahorros a miles de personas, ha cercenado la confianza de la gente en sus instituciones y viciado todo el sistema financiero público. La gripe A o la guerra de Irak nos ha demostrado que el interés privado y de los grandes lobbys y empresas esta muy por encima de los intereses sociales y comunes. ahora que?
Todo fue bien hasta que tras contar mi experiencia profesional y académica (en otra universidad católica, mi querido ceu), nos fuimos enredando en una discusión que nada tenia que ver con la sesión programada. Pero Reynaldo es así, le encanta provocar situaciones inconvenientes, en las que sus alumnos se salgan del camino, y se metan en situaciones que les provoquen. “Perdona, pero no se de donde te has sacado que estamos en una crisis económica, lo que vivimos es una crisis politica, estamos ante el final del estado, al menos tal como Locke le concibió y Monet le construyó”. A buena hora dije eso.
Y, que conste, que no es una genialidad mía, que nos las tengo. Charles Wyplosz, de Graduate Institute, entre otras muchas mentes relevantes, defendía recientemente una interpretación similar sobre lo que vivimos.
Las crisis económicas se sostienen en fallos que ponen en cuestión los modelos productivos y su capacidad para mantener un ciclo continuo de empleo y renta. Pero hoy no estamos en esa tesitura, al menos completamente. El paro, la caída de la producción y el colapso de la demanda son elementos que hemos visto otras veces, y que en el seno de los modelos capitalistas es desgraciadamente una rutina. Pero hoy asistimos a algo más. Las palabras del comisario europeo de economía, el español Joaquín Almunia (como se le sigue notando la frustración de no haber sido el líder del PSOE y de que Zp le comiera el terreno), avisando sobre la debilidad de nuestro gobierno y su vulnerabilidad ante ataques especulativos masivos de fondos de riesgo u otros intereses privados, no es más que una connotación más de que nos enfrentamos a un reto más ingente y sobrecogedor que el que la economía podia presentarnos. Redefinir la manera en que nos gobernamos y compartimos en común nuestra riqueza, nuestra solidaridad y nuestra capacidad creativaEstados enteros, como Dubai, Estonia o Grecia se han convertido en blanco fácil de entidades financieras capaces de, como en las batallas de hackers contra los ciberestados, poner en cuestión su misma existencia, para la que ha sido preciso una ayuda generalizada de otras entidades públicas. Pero esa actuación combinada para rescatar las finanzas públicas de determinados países, para paliar las deficiencias o carencias en materia de servicios de otros (véase media America) o para evitar el colapso de estados reducidos al nombre (Somalia, Georgia, Yemen, Haití, Islandia, Sri lanka) se ha basado hasta ahora en el liderazgo y la voluntad de organizaciones internacionales y gobiernos cuyo capacidad política y financiera dan hoy muestras de un agotamiento nunca antes conocido y, lo que es peor, sujetos a una crisis moral y de identidad agónica.Michel Kimmelman reflexionaba esta semana en el New York Times sobre la financiación pública de la cultura. Proteger y subvencionar compañías, museos y entidades culturales sin ánimo de lucro, ha permitido sacar del mercado y sus vaivenes a toda ese entramado dedicado a proteger nuestra esencia humana. Pero ha llenado nuestras ciudades de propuestas mediocres subvencionadas y ha colocado a todos los artistas, los buenos y los vividores, dependientes de la arbitrariedad y el interés mercadotécnico de los políticos a la hora de repartir el mana del dinero fácil. Algo parecido ha pasado en otros campos, en los que hemos creído que poseíamos un derecho innato a disfrutar de todo, y “gratis”. Hoy, toda esa estructura que nos ha proporcionado a nosotros, y a países lejanos, bajo el paraguas de la ayuda humanitaria, pan y circo gratuito y abundante se viene abajo. Nuestros sistemas estatales están podridos por gentes que buscaron en el funcionariado o en los cargos de confianza, medrar y progresar gracias a los impuestos de los demás. En parte por ello, y por ese insensato afán de los gobiernos de crear organismos asesores, comisiones y agencias de observación, nos encontramos ante estructuras estatales extremadamente complejas, imposibles de controlar, corrompidas y endeudadas, hasta el punto de que los jueces no dan a basto para depurar a tanto ladrón (y Argentina y España no son un mal ejemplo), no son capaces de imponer su autoridad (Italia o Méjico), se enfrentan a consecuencias irreversibles de la actuación de desalmados sobre la vida común por mor del urbanismo desmedido o las practicas empresariales sin ética (Uruguay o España) o reconocen su incapacidad para mantener los servicios públicos (pensiones o educación) ante un endeudamiento que ha llevado a situaciones tales como que Inglaterra se plantea compartir sus fuerzas armadas y aparato defensivo con otros países (Francia), o privatizarlo en parte, dado que su sostenimiento es imposible, con la perdida de soberanía y control que ello implica.
Y es que lo público, como garante de la igualdad y los derechos comunes, aquello que en su día nos saco del estado de naturaleza, se encuentra, más allá de una crisis cíclica o coyuntural, en entredicho.
Falto de liderazgo, comido por estructuras hipertróficas y con una situación financiera insostenible, no ahora, sino para siempre. Hemos creado sin valorar el futuro, sin medir las consecuencias de acciones. España es un claro ejemplo de país donde la estructura administrativa del estado se multiplicó inconscientemente por 17, para crear un estado autonómico romántico pero insostenible. Del mismo modo que nadie reparó en crear mecanismos de control que evitaran la anarquía municipal y la corrupción subsiguiente, y que no solo ha dilapidado recursos comunes literalmente robados, sino que ha hecho un daño irreversible al medio ambiente, ha dejado sin casa ni ahorros a miles de personas, ha cercenado la confianza de la gente en sus instituciones y viciado todo el sistema financiero público. La gripe A o la guerra de Irak nos ha demostrado que el interés privado y de los grandes lobbys y empresas esta muy por encima de los intereses sociales y comunes. ahora que?




























